Parte 1: El producto idéntico al natural
En este sitio no solo voy a explicar conceptos de matemáticas, física e informática, tendiendo puentes entre ellos. También voy a hablar sobre el aprendizaje en sí mismo. ¿Qué es aprender? ¿Por qué cuesta tanto? ¿Qué le está pasando a la educación? Abordaremos otras preguntas filosóficas.
¿Por qué creo que estas preguntas son importantes? Porque el puente más crucial que hay que construir, si te dedicas a estudiar, es la conexión entre tu aprendizaje y la vida real. ¿Para qué estudias? ¿Con qué objetivo? ¿Cómo te ayudarán esos conocimientos a tener una vida más plena, con más recursos y llena de sentido? ¿Te reportarán bienestar económico? ¿Te ayudarán a sobrevivir futuras revoluciones tecnológicas —como la llegada de la Inteligencia Artificial General (IAG)—, o a algo más?
Sin respuestas a estas preguntas, el aprendizaje se convierte en un fin en sí mismo —estudiar por estudiar. Porque al desarrollar el conocimiento, la humanidad no solo buscaba respuestas sobre el mundo por el puro afán de saber (aún sin saber cómo se aplicarían esos conocimientos en la vida real y si alguna vez lo harían), sino que también resolvía problemas prácticos y concretos.
Hoy, ese vínculo entre el estudio y la vida real se ha roto. La primera pregunta que los niños en la escuela se hacen a sí mismos, a sus padres, y a veces a sus profesores (si se atreven) es: ¿para qué necesito estas matemáticas, esta física, esta química, esta informática? (Vale, de acuerdo, los niños quizá protesten: “¡Noo, los programadores ganan un montón de dinero, entendemos para qué sirve la informática! Así que puedes tacharla de la lista”)
¿Cuándo era más fuerte esta conexión?
Cuando la humanidad vivía la revolución industrial: construía miles de fábricas, conquistaba los cielos con la aviación comercial, llegaba al espacio. Entonces se necesitaban ingenieros, físicos, matemáticos. Había que construir centrales eléctricas, ciudades, crear coches, maquinaria y mucho más. Las fábricas, los institutos de investigación y las oficinas de diseño necesitaban decenas de miles de personas formadas. Exigían a las universidades y a las escuelas de formación profesional especialistas cualificados, y estos, a su vez, exigían a los colegios que sus graduados tuvieran una base sólida en ciencias —física, matemáticas, dibujo técnico, etc.
El sistema se complementaba con una red de centros juveniles y actividades extraescolares (piensa en los modernos “makerspaces” o talleres comunitarios, pero financiados por el estado). Eran el lugar de encuentro para los niños más curiosos y motivados, que a menudo se convertían en la futura élite técnica e ingenieril del país.
Ahora hay que reconstruir todo esto desde cero: hay que establecer una conexión clara y directa entre las empresas (que producen bienes concretos demandados por el país y las personas) y la escuela, en el sentido más amplio de la palabra.
Sin esta conexión —vívida, moderna y comprensible para el estudiante de hoy— tendremos, en lugar de educación, un producto idéntico al natural. En teoría, todos van al colegio, “aprenden” cosas, pero el resultado final es, a grandes rasgos, un fiasco —pura ilusión de formación. En el mejor de los casos, los niños se convierten en almacenes de datos sueltos: “Ah, síii, ¡recuerdo que dimos algo de eso!”
Es el perfecto ejemplo del refrán: “Aprendiz de mucho, maestro de nada”.